Descalza, casi desnuda, desnutrida de cuerpo y espíritu, Helena ve pasar por última vez la procesión infinita de almas dolientes que ruegan al Santo gastado una ayuda que nunca llegará.
"Los pobres no estudian", resuenan las palabras vacías en el eco del silencio.
Sentada en el cordón de la vereda, Helena ve pasar la hilera infinita de caminantes mientras espera su turno para sumarse a la marcha. Resuena firme, bravo, seguro el eco de los manifestantes entre los rascacielos de la ciudad.
"Soy pobre y estudio en la Universidad Pública", dice su pancarta.
viernes, 8 de junio de 2018
Ciudad Los Naranjos
A ciudad Los Naranjos llegó un día un poeta errante. Dicen las voces antiguas que su espíritu todavía vaga entre las callecitas circulares vestidas de fachadas coloridas cuyas ventanas dejan escapar la música de la risa.
En el corazón de la ciudad, hay un parque circular de césped verde, húmedo y fragante que pugna por destacar entre las florecillas blancas que tapizan las anchas avenidas que convergen en él, provenientes de los cuatro puntos cardinales.
En ciudad Los Naranjos se respira un aire cítrico con notas de creación.
lunes, 4 de septiembre de 2017
Cuentan los que saben...
Cuentan los que saben que llegué a este mundo una noche húmeda de mayo, bajo el signo de géminis, con el llanto caprichoso sostenido en el pecho, esperando el momento justo para hacerme escuchar.
Cuentan los que saben que, como un designio, mi nombre fue conjurado mucho antes de mi llegada.
Cuentan los que saben que mi amor por las letras no es casual, es fruto del vínculo fuerte e infinito que me une al juglar de la infancia que contaba y cantaba para mí melodías nuevas y antiguas que aún resuenan en el vacío que dejó al convertirse en ángel.
Cuentan los que saben que viví y aún hoy vivo mi historia como una novela, que lloré y reí con y a cada personaje, y que a muchos de ellos los atesoro en mi corazón.
Cuentan los que saben que siempre di rienda suelta a mi imaginación, que mi pluma, mi voz y mi cuerpo siempre tuvieron alas, y que por eso "yo expreso".
Cuentan los que saben que la última palabra sobre mí aun no fue dicha, que la tinta del hacedor no se agota y que mi saga recién comienza.
Cuentan los que saben que, como un designio, mi nombre fue conjurado mucho antes de mi llegada.
Cuentan los que saben que mi amor por las letras no es casual, es fruto del vínculo fuerte e infinito que me une al juglar de la infancia que contaba y cantaba para mí melodías nuevas y antiguas que aún resuenan en el vacío que dejó al convertirse en ángel.
Cuentan los que saben que viví y aún hoy vivo mi historia como una novela, que lloré y reí con y a cada personaje, y que a muchos de ellos los atesoro en mi corazón.
Cuentan los que saben que siempre di rienda suelta a mi imaginación, que mi pluma, mi voz y mi cuerpo siempre tuvieron alas, y que por eso "yo expreso".
Cuentan los que saben que la última palabra sobre mí aun no fue dicha, que la tinta del hacedor no se agota y que mi saga recién comienza.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Cuando 1 sea = a 13 (Microrrelato)
“La
Princesa está triste. ¿Qué tendrá la Princesa?”[i]
¡ABURRIMIENTO!
La encerraron en la torre y le avisaron
que solo podrá salir cuando resuelva el acertijo hechicero: 1=13.
¡Ilusos! Puede que la piba no sepa leer un
reloj analógico pero no hay cosa que google, celular mediante, no resuelva.
La Princesa está aburrida. Son las 9:00 de
la mañana y faltan cuatro horas para que el hechizo se rompa.
La
imagen del espejo (Retrato de un escritor)
Hola,
¿qué tal?, mucho gusto. Mi nombre es María Eugenia Massini; soy profesora de
Letras con orientación en Comunicación Social.
Probablemente
para vos, lector, este inicio resulte poco serio y para nada académico; sin
embargo, me pareció conveniente presentarme, puesto que intento entablar con
vos un diálogo íntimo por medio de este texto que me define y que en cierto
modo te abre las puertas de mi universo. Te invito a pasar para que puedas
descubrir los pormenores de la imagen que en este momento me devuelve una ya no
tan intimidante hoja en blanco.
Desde
que me inicié en el camino bendito de las letras, persigo un sueño que parece
no concretarse nunca y que sin embargo está más próximo de lo que imagino:
quiero ser escritora. Este deseo lo expreso cada vez que mis alumnos e incluso
algunos colegas (entiéndase, en la variedad de cursos que uno realiza) me
preguntan por qué elegí esta rama de la docencia. Pues bien, sepan ellos y vos,
lector, que lo que quiero es crear, comunicar y compartir; por ello, quiero
escribir.
Ahora
bien, te preguntarás qué quiero escribir, si lo hago y, por supuesto, qué tal
me va con eso. Te diré que no es tan sencillo de responder puesto que hacerlo
implica un amplio proceso de remembranzas y un poquito más de definiciones; así
que comencemos por el principio, dejame que te cuente qué entiendo por escribir
y por supuesto a qué llamo yo escritor.
Escribir,
tal como lo define el diccionario, escribe cualquiera, diariamente y quizás sin
reparos. Escribir, tal como yo lo entiendo, es otra cosa; es un arte, un proceso
paulatino, meticuloso y ordenado mediante el cual damos a luz un texto que
contiene en su germen no sólo conceptos sino también intenciones, pensamientos
y sobre todo dedicación. El arte de escribir es un proceso creativo en el cual
el autor del texto se desdobla para dejar en el mensaje parte de su esencia,
rastros de conocimiento, su humanidad.
Creerás
que lo dicho anteriormente suena cursi y azucarado; sin embargo, a lo largo de
los años he comprendido que el proceso de escritura es así. No cuenta
simplemente lo extraído de otros y el vuelo imaginativo, sino que también pesa
todo lo que uno vuelca de sí mismo en las páginas que conforman el texto.
Lo
que acabo de expresarte tiene su razón de ser. Verás, al inicio de mi proceso
creador consideraba que escritor era simplemente aquel que escribía con
intención literaria; y de hecho tanto lo creía, que mis esfuerzos se
concentraban en lograr producciones poéticas que descansaron primero en un cajón
para luego morir en la basura puesto que, los muchos análisis literarios
transformaron al artista en crítico; un crítico bastante duro que no tuvo
piedad consigo mismo y decidió que las declamaciones amorosas de una
adolescente no estaban al nivel de los primeros trabajos en prosa narrativa que
comenzaban a clarear en el horizonte literario. Parecía que se acercaban buenos
tiempos entonces, y de hecho lo fueron; la pluma se hallaba nutrida de práctica
y buena lectura y producía sin cesar todo aquello que se le exigía. Hoy en día
ese ejercicio quedó suspendido por necesidad. Lo cierto es que las exigencias
actuales (tiempo, trabajo y demás menesteres) han hecho que dejara de lado la
creación de nuevos mundos para abocarme de lleno a otro tipo de producciones:
escrituras funcionales y expositivas.
Como
bien te dije en líneas anteriores, soy docente; lo que no te mencioné es que
además soy empleada administrativa en una oficina de Recursos Humanos. Linda
mezcla, ¿no? Bueno, miralo como lo miro yo, hago uso
y abuso de la comunicación que es algo que me encanta.
La
profesión y el deber me empujan a producir textos que carecen de vuelo
imaginativo a menos que yo misma me aburra de la teoría y decida ponerle un
poco de “onda” a la redacción para no hacer el conocimiento tan monótono. Éste es el
único modo en que puedo darle rienda suelta a la imaginación; detrás del
contenido conceptual, agrego una pizca de invención que se deja integrar de la
mano de ejemplos que alimentan el humor a partir de la hiperbolización de
acontecimientos cotidianos.
En
tanto que la escuela me brinda un respiro creativo, la oficina no me lo
permite, pues todo debe ser tan claro y conciso que los
textos se vuelven monótonos, aburridos e incluso vacíos porque el esfuerzo y el
empeño puestos en la producción acaban en saco roto. Los receptores son autómatas
que responden sin leer e incluso la correcta sintaxis que en esos casos es tan
fundamental queda tendida bajo los pies de la indiferencia. Los
recursos cohesivos se pierden en la ignorancia a excepción de la repetición y
por el simple hecho de que se deposita en ella la esperanza de que el mensaje
sea comprendido por el receptor.
Así
y todo, con lo vertiginoso de las propuestas puedo decirte ahora que me estoy
acercando a mi deseo, casi lo alcanzo. Las distintas experiencias que me
ofrece el día a día son atrapantes; el arte de escribir pone en funcionamiento
la mente; obliga a pensar. No interesa qué tanto deba hacer o producir y cuál
sea la intención del producto; lo interesante es sentarme frente a la hoja en
blanco, tomar el lápiz y producir. Luego llegará el momento de la PC y las múltiples revisiones
hasta tanto decida dar a luz.
La torta de cumpleaños (Cuento - Anécdota)
Si hay algo que sé hacer
bien, es seguir las órdenes del dictador de mi hermano. Genio culinario,
disfruta más dando directivas que preparando los platos dulces.
Hace tres años, con motivo
de su trigésimo cumpleaños, en casa se organizó una celebración a la que
estuvieron invitados varios miembros de la familia. En dicha oportunidad, la
torta fue un exquisito brownie con dulce de leche y merengue que, por supuesto,
preparé yo siguiendo sus indicaciones. Hoy que celebra su trigésimo tercer
natalicio, FACEBOOK me trae un recuerdo grato de aquel momento – una foto de la
torta, obvio – y la memoria me acerca un corto del año ´87.
Ese año fue algo loco,
desacompasado. No terminábamos, creo yo, de adaptarnos a la mudanza abrupta del
año anterior, la distancia que separaba la escuela de casa resultaba cada vez
más terrible, la guita no alcanzaba y, para colmo de males, mamá y yo nos
contagiamos paperas. A pesar de todo, hoy que soy grande, pienso que esas
angustias son nimiedades ante la demostración de amor, Fe y confianza que
experimenté ese año.
Les decía que la memoria me
acerca un corto. En este corto pasan rapidísimo las imágenes de dos niños
subiendo a un auto estacionado frente al colegio Bernasconi, el frasco de
mermelada BC lleno de arroz con leche que nos había preparado tía Elvi, y el
paseo por las góndolas del Supermercado del juguete que estaba en la calle
Candilejas – ahí compramos el regalo para Juan: no sé qué porquería de Rambo
(el helicóptero, el arco, qué sé yo). Estas imágenes pasan vertiginosamente y
de pronto se detienen en la cara de un angelito rubio de cuatro años, que
estaba desesperado por llegar a su casa porque su mamá, aunque estaba enferma,
le iba a hacer su torta de cumpleaños.
La torta de cumpleaños… Hoy
pienso en esa torta y no puedo más que sonreír. Mamá la preparaba para todos
los eventos especiales. “Tortita de pobres” apodamos ahora al bizcochuelo – de
vainilla o chocolate, según el gusto del consumidor – con un corte de dulce de
leche, duraznos en almíbar y cobertura brillosa de cacao y dulce de leche.
“Tortita de pobres”… No es que ahora seamos ricos, pero, gracias a Dios, las
cosas mejoraron un poquito y somos más los que trabajamos y aportamos para
poder darnos un gusto.
El 18 de agosto de 1987 fue
un día especial y ameritaba tener su “tortita de pobres”. Ese día Juan se
despertó y a pesar de que tía Elvi intentó convencerlo, no hubo manera de
hacerlo cambiar de opinión: él quería volver a su casa porque su mamá le iba a
hacer la torta de cumpleaños.
El 18 de agosto de 1987,
mamá, con la cara hinchada como una pelota, el pelo desordenado y el cuerpo
cansado, se levantó de la cama, se puso el déshabillé
azul y las “zapatillitas de chinito” para preparar la torta de cumpleaños que
el angelito rubio estaba esperando.
El 18 de agosto de 1987, el
regalo más importante no fue el que Juan eligió en el Supermercado del juguete,
sino la torta de cumpleaños.
sábado, 10 de julio de 2010
Novela!
El hombre tiende a teatralizar su propia existencia. Todos somos personajes en busca de un autor; solemos ser un narrador protagonista que cuenta desde una focalización demasiado subjetiva. Muchas veces olvidamos que existe un punto medio en la escala de colores con la cual pincelamos la vida; nadie muere de amor y tampoco de tristeza; pero..... quién es capaz de identificar en la paleta del universo el instante exacto en que la ilusión se acaba y la realidad golpea.... ningún instante es compacto. Somos como el fénix. La rueda de la fortuna gira y se detiene en el momento preciso en que las llamas ahogan el tiempo para dejarlo reposar... De cada caída algo nuevo se aprende. El hombre surge. Yo también.
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