martes, 17 de noviembre de 2009
Poema en cuatro angustias y una esperanza
La luna clara se dibuja en el universo.
Como una diosa recién llegada trae la palabra inédita;
la sílaba secreta, la melodía encadenada.
La musa tiene dos vidas…
…Yo, una.
Ladrón de Versos II
Me desprendo del abrazo,
salgo a la calle.
Las historias giran en el univers0,
las estrellas tiemblan, se estremecen;
la luna clara se dibuja en el firmamento
¿Me imaginas?
No imagines,
nada de lo que imaginas es real.
El silencio acosa mis horas perseguidas.
Como una diosa recién llegada
trae la palabra inédita, La sílaba secreta.
Por fin me necesita.
Ladrón de Versos I
El verso cae al alma
como al pasto el rocío.
Las historias giran en el universo.
No imagines,
nada de lo que imaginas es real.
Las estrellas no dejan de temblar;
como una diosa recién llegada
trae la palabra inédita,la sílaba secreta que alimenta.
Por fin me necesita.
viernes, 13 de febrero de 2009
Malena baila el tango (Cuento)
El puerto le devuelve al amanecer su habitual bramido matutino; ese eterno bostezo importado desde Italia, España, o qué se yo...
La esquina es la de siempre; ese empedrado vanguardista que en breve abrirá sus puertas a la visita de un centenar de extranjeros pendientes del espectáculo. Frente al riachuelo, de espaldas a las últimas cantinas, se levanta el escenario más antiguo de nuestro mundo.
El sol se alza detrás de las casas, y entre la perspectiva de las sombras, una figura extraña y a la vez familiar dibuja círculos en la vereda.
De pronto, un quiebre repentino arranca a la extraña de su letargo... Dos cuerpos que ahora son uno arrebatan el aliento.
Malena baila el tango. El lamento del bandoneón se confunde con los gritos de los niños que corren de un lado a otro sobre el empedrado sorteando a los turistas que compran fotos de Gardel.
Malena ensaya una y otra vez. El abuelo le ha dicho que en el fondo de cada ser Dios ha guardado una pequeña estrella que algún día brillará en el firmamento.
Malena levanta su mirada, y en aquellos ojos negros que fijo la miran reconoce la melodía... Y una vez más, la niña de piel aceitunada, mezcla de muchas razas, se ve sentada en esa escalera de madera que conducía a su piecita de latón, donde desde aquella ventana de marco azul y alfeizar colorado espiaba el patio del conventillo vecino.
Entre macetas y baldosas de ajedrez, Aníbal Troilo le canta secretos al oído...
Y una vez más, Malena baila el tango... Con esfuerzo y constancia Malena baila el tango...
Aquello ojos negros, fijos en sus pupilas no son los del abuelo... El hombre frente a ella no viste camiseta de algodón y chancletas... El sonido de su voz no suena agrietado por el tiempo... Sus pies no soportan el peso de una pequeña inquieta y vivaracha...
Una vez más, Malena baila el tango... y su cuerpo ligero se confunde entre las sombras del escenario...
De París a
Las figuras roban el aliento, detienen la atención... De París a
La estrella interna brilla en lo alto de la marquesina.
La abuela no la aplaude de pie en la cocina... Malena baila el tango y la aplauden de pie los asistentes a la función.
VI (Cuento)
“...No imagines; nada de lo que imaginas es cierto,
lo único real es el cuerpo. Nuestros cuerpos...”[1]
La luz de Oriente se ha extinguido por completo... Ocultos en las sombras, dos cuerpos abatidos por el cansancio se aprestan para el combate final.
Las huestes olvidadas del otro lado de las murallas no conocerán jamás el secreto encuentro. En el tálamo oscuro, territorio donde conviven los perfumes y las almas, Venus susurra al silencio la suave melodía de la danza de los cuerpos...
Los sortilegios conjurados los han puesto uno frente a otro. Dos extraños conocidos, dos figuras que se confunden en una se roban al misterio en el instante en el que el latir de los corazones se acelera para desprenderlos de todo temor y pudor.
Suaves, serenas, las manos desnudan uno a uno los pliegues de la piel. Poco a poco, cada beso reconoce los rincones ocultos del placer... Lento se desvisten; ya no queda nada por esconder, las caricias revelan el ardor...
Una vez más, una mujer robada a la soledad y al silencio, es poseída por el hijo del íncubo.
Las sombras se conjugan... las figuras se funden... las manos dibujan una y otra vez el contorno de los cuerpos... La boca recorre cada centímetro adueñándose de lo ajeno, degustando lo prohibido; comienza por los labios, baja por el cuello y se entretiene en el pecho... se desliza por el vientre para descansar en las caderas y perderse entre las piernas...
El astuto guerrero, pupilo de Eros, ha ganado la batalla... con astuta estrategia ha recobrado la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva... Ha encendido el fuego; son esclavos de la llama.
La niña abandona la castidad virginal. La amazona aletargada se entrega al furor.
Una extraña sensación convierte a la presa en cazador... El suave y sensual roce de los cuerpos impulsa a la penetración... La desean, la necesitan, se consuma... se descubren sin siquiera pensar quién arrebata e incita sus más bajos instintos...
...Y en ese preciso instante, en que el sueño y la vigilia se confunden, dos cuerpos, agotados por el fragor de la batalla, respiran como animales, suplican, gimen y se desprenden de toda humanidad.
Autobiografía de un Artista de Circo (Cuento)
La luz de los reflectores hoy me parece más tenue que nunca. El brillo de Venus enceguece al auditorio. Desde lo alto se puede escuchar el murmullo del silencio. Una vez más yo reino en esa inmensidad. Su atención es sólo mía; sus miradas expectantes recorren el pequeño abismo que nos separa para fundirse en el rojo carmesí de mis sueños.
Ahí estoy yo, en las alturas que siempre fueron mi cielo, ese cielo en el que brilla la estrella más bonita: “El Lucero de Venus”...
La música me susurra al oído; acompañados por el sonido de la admiración, mis dedos se enredan entre las suaves cintas de seda; mi piel se despide de los pliegues de su cuerpo que se deslizan por mi espalda hasta dejarla al desnudo. La capa roja cae al vacío, y tras ella yo. Sensual, serena, mi figura se contonea en el aire cual sombra dibujada en la arena... nada me importa, soy yo, soy Venus, soy quien roba por un instante la atención del mundo y quien paraliza el tiempo; quien detiene los latidos de sus corazones y les arranca el último aliento de vida; más no pude arrancar los suyos. Soy tantas cosas y no soy nada.
Soy pasión, ardor; soy la silueta del fuego que quema sus deseos; soy atracción, riesgo o simplemente una bailarina; soy lo que siempre quise ser y ahora no soy nada.
Quien podría haber imaginado que una niña de pueblo llegaría a ser lo que yo soy: nadie.
Todos creerían que seguiría los pasos de una madre dedicada al amor de sus hijos y alumnos, sin embargo, cuando tuve la oportunidad de despegar del nido, despegué.
Quizás la elección no fue la mejor pero... el circo era el boleto de los sueños: nadie a quien responder ni preocupar; no más sermones de “las nenitas bien no hacen...” ¡nenita!, con veinte años y nenita sólo por no poder encontrar un empleo con el cual sustentarme y no tener que pedir permiso a nadie. Quería crecer y no me dejaban. Por eso me fui, porque ya no soportaba no tener intimidad, no quería seguir siendo lo que ellos querían que fuera. Sabía como era estar sola, ser dueña de tus actos y tus decisiones; soy responsable, ordenada, juiciosa y capaz, por qué tenía que seguir soportando un daño que me consumía el alma y me llenaba de angustia. Entonces me fui...
...Y aquí me ves, rodeada de payasos, malabaristas y animales. A muchos de mis compañeros los admiro y respeto, son verdadera gente de circo y sin embargo, a pesar de mi condición de “extraña”, fueron conmigo mucho más de lo que yo esperaba. Son una gran familia; son mi familia. Supieron hacerme un lugar en mis malos momentos, ser mi sostén, y enseñarme a arrancar desde abajo; y así arranqué. No siempre fui lo que ahora soy o bah... lo que creen y creí que soy.
Al comienzo, era la ayudante del mago, y la muchacha a la que , apoyada en esa tabla giratoria, le lanzan cuchillos para reventar los globos. Después con el tiempo – cuando la tristeza y la vergüenza ya no formaban parte de mi – me fui animando a dar los primeros pasos de baile junto al mago; si lo hubieras visto, se volvía loco, no soportaba que le atrasara el número; después de cada función, me gritaba, se enojaba , insultaba hasta que un día me cansé y lo mandé a la mierda; sí, como lo escuchás; le dije: _ “...me tiene cansada viejo, me largo, no lo soporto más, yo estoy para cosas más grandes que meterme en una cajita que huele a humedad o sacar pañuelos de colores de una galera. Sabe que, por mí se puede ir usted, sus pañuelos y sus conejos bien a la mierda. Y sabe otra cosa, jubílese porque ya ni a los viejos como usted soportan sus números... Mago de mala muerte...”
En el circo nadie lo podía creer, se quedaron todos boquiabiertos, pero la verdad mi mal carácter y crudeza fueron una gran ayuda. De a poco fui ascendiendo, merced a mi talento, mi buen desempeño y disposición, y mi decisión firme de no dejarme pisar la cabeza.
En poco tiempo me convertí en “El Lucero de Venus”, aunque no tardaron mucho en convertirme en Venus; Don Antonio el dueño y presentador dice que es mejor así: más corto para que el presente, y más sensual para atraer a los hombres.
Ya ves, todo cuajaba perfectamente y creerás que cada vez era más feliz; yo también creía lo mismo, pero no fue así.
El encanto y la magia por la vida de circo y por el éxito no tardaron en apagarse.
Muy pronto se desvaneció el idilio de llegar a ser lo que deseaba y más aún después de conocerlo a él. No creas que nuestra vida de viajeros nos hace iguales que los marineros: no dejamos un amor en cada puerto. Sin embargo, hacer puerto en Buenos Aires a mí sí me hizo dejar un amor. No quiero darte muchos detalles, la ocasión no lo amerita; sólo puedo decirte que amé, amé mucho y sin medida; entregué el alma y el corazón y sé que él también lo hizo. Viví el idilio de ese amor como una adolescente; conocí y disfruté los placeres del amor como una mujer y aquí me tienes, sufro la pérdida como un niño; no puedo sanar las heridas y tampoco me deja hacerlo, porque cuando parece que cierran y la vida comienza de nuevo, su egoísmo lo acerca otra vez a mí ¿con qué fin? no lo sé, sólo sé que su presencia me arrastra hacia el fondo del vacío y no puedo levantarme. Muchas noches, cuando todos duermen, me paseo entre las jaulas de los animales y los miro con envidia; sí, envidia porque son más libres que los hombres; y aún detrás de esos barrotes que los encierran son felices, porque no sufrirán nunca la pena de amar.
Ayer, una de tantas noches de melancolía, me quedé observando la jaula de la pantera negra. Sus ojos amarillos resplandecían y su cuerpo, negro como el ébano, se confundía con la oscuridad de la noche.
Su silueta iba y venía dentro de la jaula como un espectro que circula por las sombras hasta penetrar en tus sueños y robarte la calma. De pronto se detuvo; se quedó inmóvil delante de mi y mirándome fijamente rugió como respondiendo a los pensamientos que mi corazón y mi mente alborotaban.
Entonces lo supe y me decidí.
Querido Pablo, esta noche será la última para mí; ayer lo vi entre la gente de la platea y escapé lo más rápido posible para no encontrarlo, y sin embargo los recuerdos me encontraron a mí.
Esta noche fue mi última noche de circo, pero no mi última función.
El mejor y el último de mis espectáculos lo verá la inmensidad del mar cuando abra sus brazos para recibirme desde lo alto del acantilado.
Mis angustias y mis lágrimas me ahogaron antes que la salada espuma del mar, mi compañero de penas, mi más profundo confesor.
Adiós mi querido Pablo; adiós.
...................................................
Pablo estruja la carta entre sus manos; y mira atónito a ese desconocido payaso que lo detuvo frente el remolque de Paula Santamaría: “El Lucero de Venus”.
En el más profundo de los silencios que la noche le regala a su soledad, una lágrima nace en sus ojos para morir en esa rosa que ella nunca recibirá.
San Antonio (Cuento)
“...muerto y sepultado.
Descendió a los infiernos.
Al tercer día resucito de entre los muertos...”
Tiempo después, una noche oscura y no muy lejana a la muerte del prusiano, el santo descendió a los infiernos para asarce junto a su cerdo.
El carácter picaresco de Antonio parecía perderse día tras día en cada vaso de licor. El aguardiente ya no ahogaba las penas, sino que revolvía en las entrañas del viejo zorro la culpa que un inocente no pudo tapar.
_Antonio, ¿qué pasa que has perdido tu picardía?
_Hombre que es verdad. ¿Acaso te ha tenido tumbado la indigesta que te propinó el atracón de cerdo?
_Cierto Antonio, desde que tu prusiano ha desaparecido ya casi ni se te ve, y cuando te asomas gruñes más que perro rabioso.
Así bromeaban sus amigos las escasas veces en que el viejo se dejaba ver por el pueblo, más llevado pro asuntos de negocios, que por interés gozoso.
Sin saberlo, quienes fueron antiguos camaradas de bebidas y chanzas, provocaban temor al pícaro santo.
Una noche, en que el perro no cesaba de aullar, y el viento silbaba entre las copas de los árboles, Antonio despertó sobresaltado, como si una fuerza extraña lo hubiera arrancado de su lecho.
El viejo, gordo y pesado como era, bajó las empinadas escaleras que conducían hasta la despensa.
El lugar estaba tan sumergido en lo oscuro de la noche, que el santo brillaba envuelto en la palidez de su aura.
Sintió un ruido muy extraño cerca del corral, allí donde yacían los cerdos; y como el pavor lo inundaba, sólo atino a encender la lumbre para espiar por detrás de la ventana. A lo lejos, vio una sombra que se dirigía en dirección al granero; el susto pudo con él, y el santo corrió a esconderse.
A la mañana siguiente, la servidumbre – sorprendida por los vestigios de una borrachera – subió en busca de su amo, y grande fue el alboroto cuando lo encontraron a éste bajo la cama, con la cabeza tapada y el culo al aire.
Los criados no sabían si reír o llorar; en realidad, tuvieron que contener demasiado la respiración para no estallar en carcajadas cuando el amo – temeroso – se levantó del suelo.
La escena pareció graciosa aún para el alcalde Chicot, quien preocupado por las actitudes del viejo, solía acercarse todas las semanas hasta la finca del santo Antonio con intención de preguntar por su estado anímico.
El ambiente era demasiado extraño, y el santo en verdad se comportaba como tal.
La actitud de Antonio realmente preocupaba a sus allegados, y sobre todo a la servidumbre, quien compartía los días solitarios del hombre, y a quien atosigaba con preguntas extrañas; ¿qué hasta qué horas no se acostaban?, ¿quién dejaba la lumbre encendida?, ¿a quién puede ocurrírsele hurgar en el granero a altas horas de la noche?, y preguntas por el estilo que desconcertaban a los siervos.
Una mañana, en que el alcalde – como tantas otras veces – se acercó para visitar al amigo enfermo, lo encontró cerca del granero, examinando con puntilloso cuidado la fosa del abono. Cuando el hombre advirtió la insistencia con que el viejo volteaba a ver el lugar a la par que se alejaban del mismo, comenzó a clavarse en él una espina acerca de la actitud del santo.
Movido por esta incertidumbre, el señor Chicot propuso a Antonio trabajara con él un empleado del cual iba a prescindir hasta el tiempo de la cosecha.
San Antonio accedió al petitorio del amigo y acogió al obrero en su casa.
El hombre, joven, robusto, de buena estatura y de aspecto agradable, pronto se ganó el cariño del viejo Antonio quien dio al muchacho toda su confianza, mas le prohibió terminantemente que se acercara al granero y mucho menos a la fosa de abono.
_Anda hombre, que no te vas a acercar tú con esa presencia a tan maloliente lugar; qué quieres, que las muchachas huyan despavoridas ante el olor pestilente, vamos que eres joven y debes estar siempre presto para los amoríos; sino mírame a mí, dile Celia cómo te persigue tu amo entre las cacerolas; cuéntale a mi amigo las llamaradas que produce mi joven vigor.
Toma hijo, bebe otra copita para calentar el espíritu – Así hablaba el viejo; y tras cada copa anhelaba aún más ocultar la culpa y el pavor que cada noche lo atosigaba.
Llegada la hora del sueño, es santo guardaba vigilia tras la ventana por el alma del prusiano; por la mañana, al despuntar el alba, corría hasta su montaña de abono, la examinaba de lado a lado, y volvía – como cada día – a cubrirla con la nueva carga de estiércol que traía de la finca vecina.
No pasó mucho tiempo sin que un vestigio de su crimen , y la actitud sospechosa de sus actos condenaran a Antonio.
Una mañana, en que el viejo no se despertó – rendido por el cansancio de la vigilia y la borrachera que acostumbraba agarrarse en sus buenas épocas – el nuevo peón debió hacerse cargo de las faenas que acostumbraba más las que su amo solía llevar a cabo. Por ende, tuvo que acercarse a la fosa de abono y trabajar en ella, con tal mal tino para el pobre santo que, rastrillando el muchacho por los alrededores de ésta, fue a dar con algo duro que impedía llevara a cabo su tarea.
Entre forcejeo y forcejeo, la herramienta arrastró consigo un trozo de tela, similar a la de los uniformes. El obrero asombrado, guardó el hallazgo en su bolsillo y no comentó nada a nadie.
Por la tarde, cuando san Antonio despertó de su sueño, la criada que se disponía a servirle una suculenta merienda para suplantar el almuerzo perdido, contó al viejo lo que aconteció durante la mañana en que éste durmió su borrachera:
_Vino a verlo el alcalde Chicot y sus hijos se acercaron como cada lunes primero de mes para almorzar; dijeron que no lo despertáramos, que lo verán el próximo mes: lo que queda de éste lo tienen ocupado para volver.
_Qué más da – replicó el viejo – en cualquier momento el cerdo me manda al infierno y problema solucionado para ellos. Así que anda Celia, súbete a mis rodillas para disfrutar lo poco que te queda de buena vida antes de que tu patrón se muera.
La muchacha no sabía cómo esquivar las manos del viejo libidinoso que se colaban por debajo de sus faldas.
_Luego – prosiguió la sierva – el vecino trajo lo último que le quedaba de abono; el nuevo peón lo colocó en la fosa; habrá sido por eso que Devorador ladró toda la mañana, estuvo más alterado que nunca, como si guardara celosamente algo.
Al oír estas palabras, al santo se le atragantó el bocado; su cara se tonalizó de tal forma que en breve pasó del morado rabioso de la asfixia, al pálido luminoso del pavor.
Enceguecido por el temor de ser descubierto, se levantó de la mesa arrastrando consigo mantel y vajilla, y dejando hablando sola a la muchacha que le servía.
Veloz como saeta, fuese a buscar a su peón y no muy grata fue la sorpresa cuando encontró a éste a un lado del camino hablando con el señor Chicot.
_Buenas tardes Antonio – dijo el alcalde – que milagro verte fuera de tu casa, aunque este joven me cuenta que has vuelto a las andadas.
El santo no sabía qué decir ni cómo actuar, su interés por saber si había sido descubierto le impedía cambiar el semblante frente al representante de la ley.
_¿Qué te sucede Antonio? – continuó el amigo – ni que hubieras visto un fantasma.
El viejo ya no sabía cómo disimular. Tomó al muchacho del brazo y lo arrastró con falsos argumentos hacia la granja. Una vez que estuvieron solos, Antonio utilizó sus ardides de viejo socarrón para interrogar al muchacho sobre lo que había hecho durante el día. Nada de lo que éste contestaba pareciole pauta de que hubiera sido descubierto. El peón se cuidó demasiado al contestar, al igual que san Antonio al preguntar.
Esa noche, una preocupación más mantendría al santo en vigilia; sin embargo, el calor de la hoguera y la bebida, lo fundieron en un sopor placentero.
El buen momento no duró mucho; como la primera noche, los aullidos del perro despertaron al viejo que esta vez corrió detrás de la sombra que la luz de la luna dibujaba en su ventana.
La noche era oscura, el perro aullaba sin cesar, y el viento quebraba la copa de los árboles.
El santo se acercó a la montaña de abono gritando “ya no más, me oyes, ya no más cerdo impío” ; “no seguirás atormentándome”.
Comenzó a cavar con sus manos en el desperdicio; la desesperación se apoderó de sus miembros; cavó hasta donde se lo permitieron sus fuerzas.
A la mañana siguiente, el pueblo amaneció alborotado; san Antonio había muerto, el crudo invierno francés lo había matado.
Su servidumbre lo había encontrado sobre un montículo de abono, vestido con su ropa de cama y teñido con la blancura de la nieve.
Nadie supo qué lo empujó a semejante fin.
Tiempo después, cuando el hecho estuvo consumado y olvidado, así como la memoria del santo, el alcalde Chicot y el cabo Perrault – el peón de Antonio - , regresaron a las ruinas de lo que alguna vez había sido una granja.
_¿Qué habrá hecho que Antonio tomara esa decisión? – se preguntó el alcalde.
El cabo sacó un trozo de tela del bolsillo y respondió alargándosela al alcalde: _La culpa.
Juntos removieron la fosa de abono y encontraron el cadáver del prusiano, descompuesto y carcomido por los gusanos.
El alcalde lo miró fijamente y concluyó: _Es verdad que pagan justos por pecadores. Este santo sí que descendió a los infiernos, pero jamás subirá a los cielos.
